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La semana sin ellas

Cómo suena la casa en la semana que no me tocan mis hijas, el inventario de calcetines y por qué el jueves es el peor día.

Foto: modomatic · CC BY 2.0

El acuerdo dice que las niñas están conmigo una semana sí y una no, de domingo a domingo. Lo firmamos hace tres años en una oficina de avenida Américas que olía a café recalentado, y en ese momento me pareció justo, ordenado, casi elegante. Soy contador: una tabla de dos columnas siempre me parece elegante. Lo que no venía en la tabla era cómo suena la casa el lunes en la mañana de la semana que no me toca.

Suena a refrigerador. Nunca había notado que mi refrigerador hace un ruido como de alguien que suspira antes de decir algo y luego se arrepiente. En la semana de ellas no lo oyes, porque Ximena pone música desde que abre los ojos (una cosa coreana que no entiendo y que ya me sé de memoria) y Renata se pelea con la secadora de pelo como si la secadora le debiera dinero.

El inventario

Los primeros meses hacía algo que no le he contado a nadie. El domingo en la noche, después de dejarlas en casa de su mamá, regresaba y hacía inventario. Literal. Recorría la casa y veía qué habían dejado: un calcetín con un aguacate bordado, una liga de pelo en el lavabo, el cargador de Renata que luego me iba a reclamar por WhatsApp como si yo lo hubiera escondido. Lo dejaba todo donde estaba. No lo recogía. Me parecía que si recogía las cosas era como admitir algo.

Mi hermana Lupe, que es más lista que yo y lo sabe, me dijo una vez que eso era muy de contador: llevar registro de los faltantes. Me reí, pero me fui a mi casa pensando que tenía razón y que no me gustaba que la tuviera.

Lo que hago ahora

Ahora recojo el calcetín. Lo lavo, lo doblo y lo pongo en su cajón. No sé en qué momento cambió, no hubo un día especial. Creo que simplemente me cansé de vivir en un museo.

La semana sin ellas trabajo más horas, eso sí. Me quedo en el despacho hasta las ocho cerrando conciliaciones que podrían esperar. Ceno parado en la cocina, casi siempre un bolillo de los que horneé el sábado con frijoles y queso, y me digo que mañana sí me hago algo decente. El martes en la noche, invariablemente, me hago algo decente. El miércoles ya no.

También duermo distinto. En la semana de ellas tengo el sueño ligero, como si una parte de mí se quedara de guardia: que si Ximena tose, que si Renata ya llegó (ya llegó, me mandó mensaje, pero igual). En la semana sin ellas duermo como piedra, y a veces me despierto a las cuatro de la mañana con la sensación de que dejé algo en la estufa.

El jueves

El jueves es el peor día y no sé explicar por qué. Ya pasó la mitad, falta poco, debería ser al revés. Pero el jueves es cuando me doy cuenta de que llevo cuatro días sin que nadie me diga "pa, ¿me prestas?", que nadie me ha preguntado qué hay de comer, y que la conversación más larga que tuve fue con el señor del gas sobre si va a llover.

Este jueves Ximena me mandó un audio de cuarenta segundos. Era para preguntarme si me acordaba del nombre de la película del perro que vimos cuando ella tenía seis años. No me acordaba. Le dije que no y le pregunté por qué. Me contestó "nomás" con un emoji de perro. Escuché el audio como cinco veces. Al final ella dice "bueno, bye" y se oye a su mamá en el fondo diciéndole algo, y me dio gusto oír a su mamá en el fondo, cosa que hace tres años no habría podido decir.

Mañana es domingo. A las seis paso por ellas. Ya hay masa levando en el horno apagado, con el foquito prendido para que esté tibio, porque Renata dijo hace como un mes que extrañaba las conchas y yo no sé hacer conchas. Llevo tres intentos. El tercero ya parecía concha si lo veías de lejos y con cariño.

El refrigerador sigue suspirando. Ya casi no lo oigo.

Escrito por

Carlos Méndez

  • 44 años
  • Contador y panadero de sábado
  • Guadalajara, Jalisco

Contador entre semana, panadero los sábados, papá todo el tiempo (o casi). Más sobre mí →