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Renata al volante

Un domingo en un estacionamiento vacío enseñándole a manejar a mi hija mayor, con Ximena de comentarista y yo gritando como pato.

Foto: radworld · CC BY 2.0

Renata cumplió dieciséis en febrero y desde entonces cada conversación conmigo, sin importar el tema, termina en lo mismo. Le pregunto cómo le fue en el examen de química y me dice que bien, y que cuándo la voy a enseñar a manejar. Le pregunto si quiere pozole y me dice que sí, y que cuándo. Su mamá, muy sabiamente, dijo que eso me tocaba a mí porque yo tengo "más paciencia". Es la primera vez en veinte años que alguien me acusa de eso.

Así que el domingo pasado, después de la vía, subimos al Versa y nos fuimos al estacionamiento de una plaza por Periférico que los domingos en la mañana está casi vacío. Ximena quiso venir "a ver". Se sentó atrás con unas papas y la actitud de quien llegó temprano al cine.

La primera vuelta

Le expliqué todo como si fuera un manual: espejos, asiento, cinturón, freno. Renata me escuchaba con esa cara que ponen los adolescentes cuando ya saben todo y están siendo generosos contigo. Ajustó el asiento tan pegado al volante que parecía que lo iba a abrazar. Prendió el coche. Puso drive. Y no pasó nada, porque tenía el pie en el freno con una fuerza que no le conocía.

"Suéltale poquito", le dije.

Le soltó todo. El Versa avanzó como metro y medio de golpe y yo hice un ruido que Ximena imitó durante toda la comida. Un ruido como de pato al que pisan. No lo voy a describir mejor porque no quiero.

Lo que no le dije

Dimos vueltas casi una hora. Entre los cajones pintados, alrededor de los postes de luz, frenando en cada flecha aunque no hubiera nadie. Fue mejorando rápido, más rápido que yo a su edad, y en algún momento dejé de agarrarme de la manija de arriba, esa que en mi familia siempre se llamó "la agarradera del miedo".

Lo que no le dije es que mientras ella daba la quinta vuelta me acordé de mi papá enseñándome en un Datsun en una calle de tierra por Tlaquepaque, y de que nunca levantó la voz, ni cuando le pegué al bote de basura de la vecina. Fumaba con la ventana abajo y decía "ándale, así, así". Yo no fumo y no tengo su calma, pero me sorprendí diciendo "así, así" con el mismo tono, y tuve que voltear hacia la ventana un momento.

Tampoco le dije que me daba miedo, y no por el coche. Me daba miedo lo que viene después del coche: que un día va a agarrar las llaves y se va a ir a algún lado sin mí, que es exactamente lo que tiene que pasar y lo que uno quiere, y aun así.

El reporte de Ximena

De regreso manejé yo. Renata iba de copiloto mandándole mensajes a alguien, sonriéndole al teléfono, y no me dijo gracias, pero puso mi canción, la de Caifanes que siempre me pide que le baje, y la dejó completa. Esas son las cuentas que yo llevo.

Ximena, desde atrás, hizo su reporte con la seriedad de un comentarista deportivo: Renata maneja "bien pero chueco" y yo "grito como pato". Pidió que la próxima vez le toque a ella, y le recordé que tiene trece. Me dijo que nomás en el estacionamiento. Le dije que en tres años. Me dijo que en dos. Quedamos en que lo vamos a platicar, que es la forma que tenemos los papás de perder despacio.

El próximo domingo vamos otra vez. Renata ya me pidió que sea en una calle de verdad. Le dije que todavía no. Pienso decirle que todavía no por lo menos dos domingos más, no porque no esté lista, sino porque me gusta el estacionamiento vacío, las vueltas, y tener a mis dos hijas dentro del mismo coche durante una hora sin que ninguna tenga prisa por bajarse.

Escrito por

Carlos Méndez

  • 44 años
  • Contador y panadero de sábado
  • Guadalajara, Jalisco

Contador entre semana, panadero los sábados, papá todo el tiempo (o casi). Más sobre mí →