bicicleta · ciudad · domingos
Yo era de los que pitaban
Durante años le pité a la vía recreactiva desde mi coche. Luego saqué una bici olvidada de la cochera y la ciudad cambió de velocidad.

Durante años fui de esos. De los que el domingo en la mañana se topaban con las vallas de la vía recreactiva en avenida Chapultepec o en avenida México y pitaban. No a nadie en particular: le pitaban al universo. Yo tenía un coche, tenía a dónde ir (casi siempre el súper o la casa de mi suegra) y había un montón de gente en bicicleta, en patines, con carriolas y perros con suéter, ocupando la calle que yo pagaba con mis impuestos. Lo decía así, en voz alta, con esas palabras. Mi exesposa me veía de reojo y no decía nada, lo cual ahora entiendo como un comentario muy completo.
Tenía mis argumentos, además. Soy contador, siempre tengo argumentos. Que cuántos negocios perdían ventas, que si el tráfico se iba a las calles chiquitas, que si no había otro lugar para hacer ejercicio. Una vez hice cuentas en una servilleta para demostrarle a mi cuñado que la vía le costaba a la ciudad no sé cuánto. Los números estaban mal. Lo sé porque los rehice hace poco, por curiosidad, y me dio vergüenza.
Cómo me subí
Me subí por accidente, o casi. Después del divorcio, el primer domingo que no me tocaban las niñas, me desperté a las siete sin nada que hacer y sin ganas de quedarme en la casa. Tenía una bicicleta en la cochera desde 2014, una de montaña que compré en un arranque y usé dos veces. Le inflé las llantas con una bomba de pie que encontré detrás de las cajas de la mudanza y salí sin pensarlo mucho.
No llegué lejos. Me cansé a las veinte cuadras, me senté en una banca y me compré un jugo verde que no me gustó. Pero vi pasar a un señor de como setenta años con una bocina amarrada al manubrio tocando a Juan Gabriel, a una familia entera en bicicletas de distintos tamaños como muñecas rusas, a una muchacha enseñándole a su papá a andar en patines y al papá cayéndose y riéndose. Y pensé, con toda claridad: yo les pitaba a estos.
Lo que veo desde la bici
Ya llevo casi tres años yendo cada domingo que puedo. Ahora llego hasta el Centro y a veces más allá. Tengo una ruta, un puesto de tejuino favorito por Federalismo y un saludo de cabeza con otros señores de mi edad que también traen casco y panza y que seguramente también tienen una historia.
Lo que más me gusta no es el ejercicio, aunque bajé cuatro kilos y mi doctora dejó de hacer esa cara. Lo que me gusta es ver la ciudad a la velocidad correcta. Desde el coche, Guadalajara es semáforos y baches. Desde la bici es un olor a birria que sale de una cochera a las nueve de la mañana, son jacarandas, es un señor regando la banqueta, son edificios por los que pasé mil veces y nunca miré. Descubrí que en la avenida que yo más maldecía hay una casa preciosa con azulejos verdes. Siempre estuvo ahí. Yo iba pitando.
Lo que no he resuelto
No quiero hacer de esto una conversión religiosa. Todavía hay domingos en que voy en coche, me topo con una valla y siento el impulso viejo, físico, de la mano yendo al claxon. No pito. Pero lo siento, y me da un poco de risa y un poco de pena.
Ximena vino conmigo dos veces. La segunda se cansó en la Minerva y regresamos caminando con las bicis al lado, platicando de una maestra que le cae mal. Fueron como cuarenta minutos a pie. Si a los treinta y cinco me hubieran dicho que esa iba a ser una de mis mañanas favoritas del año, les habría pitado.


