trabajo · despacho · clientes

Los recibos de don Cuco

Es semana del 17 en el despacho y don Cuco llegó tarde, como cada mes, con su caja de zapatos llena de notas. Esta vez se sentó a platicar.

Foto: lotzmana · CC0

En el despacho, la semana del 17 se nota desde el lunes por el ruido de la impresora. El 17 de cada mes vencen las declaraciones mensuales, y aunque ahora todo se presenta en línea y en teoría nadie tendría que imprimir nada, Malena, que lleva más años que yo ahí, imprime los acuses de todos los clientes y los archiva en carpetas de colores. Dice que el portal del SAT no es para siempre y que el papel sí. No le discuto. Una vez el portal se cayó un 17 a las once de la noche y la única persona tranquila del edificio era ella.

Esta semana las niñas están con su mamá, así que me tocan las noches largas. Es un arreglo que nadie firmó pero que todos en el despacho respetan: en mis semanas solo me quedo hasta tarde, y en las semanas de ellas me voy a las seis en punto aunque se esté cayendo el mundo. El licenciado Ochoa, mi jefe, le dice "el calendario de Carlos" y lo tiene apuntado en el pizarrón con dos colores, como si fuera una obligación fiscal más. Supongo que lo es.

La caja

Ayer, martes, a las siete y cuarto, cuando ya nada más quedábamos Malena y yo, tocó don Cuco. Don Cuco se llama Refugio Íñiguez, tiene setenta y nueve años y una tlapalería en la calle Libertad desde 1974. Es nuestro cliente más antiguo; llegó antes que el licenciado Ochoa, porque era cliente de su papá. Cada mes, la semana del 17, llega con una caja de zapatos llena de notas y facturas, y cada mes llega tarde, y cada mes dice lo mismo: "Ahí le encargo, contador, que yo de esto no entiendo nada".

Entiende todo. Eso lo aprendí el primer año. Sabe exactamente cuántos tornillos de tres cuartos vendió en septiembre y cuánto le subieron el cemento en marzo. Lo que no entiende, o no quiere entender, es por qué tiene que mandarle eso a una computadora. Para él la contabilidad es algo que se hace con una persona, sentados frente a frente, con la caja en medio.

La caja de esta vez era de unos zapatos Flexi. Adentro, amarradas con una liga de las cafés, venían las notas del mes ordenadas por fecha, y encima un papelito con su letra: "Faltan dos de la ferretera, ya las pedí". Me quedé viendo el papelito más de lo normal. Hace unas semanas pasé una noche entera leyendo los cuadernos de mi papá, que también vivieron en una caja de zapatos, y desde entonces las cajas de zapatos ya no me parecen cajas de zapatos.

Lo que platicamos

Normalmente don Cuco deja la caja y se va. Ayer se sentó. Malena le trajo un café de la máquina, que él probó y dejó en el escritorio con una cortesía que me pareció admirable. Me preguntó por mis hijas, como siempre; se acuerda de sus nombres mejor que algunos de mis primos. Le conté que Renata ya maneja y que yo sigo de copiloto agarrado de la agarradera del miedo, y que Ximena ya está negociando su turno. Se rió y me dijo que él les enseñó a manejar a sus cuatro hijos en una camioneta de redilas y que ninguno le dio las gracias, "y está bien, así es esto".

Luego, mientras yo separaba las facturas de las notas, me dijo que su hijo el mayor quiere que cierre la tlapalería. Que ya está grande, que el local vale más rentado, que con la renta vive tranquilo. Lo dijo sin drama, como dato, igual que dice cuánto le subió el cemento. Le pregunté qué pensaba él. Se quedó un rato callado y me dijo: "Pues que entonces ya no vengo".

No supe qué contestar. Le dije que podía venir igual, a tomar café. Vio el vaso de la máquina y los dos nos reímos.

Las dos notas que faltan

Se fue a las ocho. Malena se fue a las ocho y media, dejándome encargado de apagar la impresora, que es su manera elegante de decir que me tocaba cerrar. Capturé las notas de don Cuco una por una. Podría haberlas escaneado, el sistema las lee solo, pero con las suyas nunca lo hago. Me gusta su letra en los totales, con los sietes cruzados como los de mi papá. Me gusta que en una nota de cuarenta y dos pesos escribió con lápiz: "pagó el Güero, fiado".

Su declaración quedó lista a las nueve y diez. Le falta lo de la ferretera, que llegará el jueves en otro papelito, y lo voy a capturar el jueves aunque el portal me deje mandarla sin eso.

De regreso a la casa pasé por Libertad a propósito. La tlapalería estaba cerrada, con la cortina metálica pintada de verde y un letrero a mano que dice "Se hacen copias de llaves". Pensé que dentro de cuarenta años alguien va a encontrar una caja de zapatos Flexi arriba de un ropero y no va a saber qué es un tornillo de tres cuartos ni quién era el Güero. Llegué, cené un bolillo parado en la cocina y, antes de dormir, alimenté a Doña Chayo, que burbujeaba sola en su frasco como si nada, como si todo fuera a seguir igual el sábado.

Escrito por

Carlos Méndez

  • 44 años
  • Contador y panadero de sábado
  • Guadalajara, Jalisco

Contador entre semana, panadero los sábados, papá todo el tiempo (o casi). Más sobre mí →