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Ocho kilómetros a paso de mi mamá
Ayer fui a la Romería con mi mamá y con Lupe, como cuando mi papá nos llevaba. No llegamos a la Basílica y no importó tanto como pensé.

Mi mamá me habló el jueves en la noche, ya desde la casa de Lupe, para avisarme que este año sí iba a ir a la Romería. No me preguntó si quería ir. Me avisó, que es distinto. Le dije que el lunes trabajaba, y me contestó "pues pide permiso", como si yo tuviera nueve años y se tratara de faltar a la escuela. El lunes a las 4:40 de la mañana yo estaba estacionado afuera de la casa de mi hermana, con dos termos de café y una chamarra que no necesitaba.
La Romería, para quien no es de Guadalajara, es el 12 de octubre: la Virgen de Zapopan regresa de la Catedral a su Basílica y más de un millón de personas la acompañan caminando. Son como ocho kilómetros. Mi papá nos llevaba cada año, a Lupe y a mí, hasta que yo cumplí quince y decidí que ya estaba grande para eso. Luego me casé, luego me divorcié, y en medio pasaron veintinueve años sin que yo fuera. Esas cuentas no las había hecho hasta el lunes.
La salida
Mi mamá traía tenis blancos nuevos, un rebozo café y un banquito plegable que según ella no iba a usar. Lupe traía la bolsa con tortas, agua, el inhalador, las pastillas de la presión, curitas y, por alguna razón, unas tijeras. Yo traía los termos. Así nos repartimos los papeles sin hablarlo, igual que hace treinta años, nomás que ahora la de las pastillas era Lupe y no mi mamá.
No empezamos en la Catedral. Lupe y yo habíamos acordado por WhatsApp, a escondidas, que entraríamos por avenida Alcalde ya avanzada la procesión, para ahorrarle a mi mamá el primer tramo. Ella se dio cuenta en cuanto bajamos del coche. Nos vio a los dos con una cara que conozco bien y dijo: "Ustedes creen que soy tonta". No lo creemos. Nunca lo hemos creído. Pero tampoco discutió, lo cual fue lo que más me preocupó del día.
Había danzantes desde temprano, con plumas altísimas y sonajas, y el ruido de los pies contra el pavimento se te mete al pecho aunque no quieras. Señoras vendiendo atole de arroz en ollas que parecían de otro siglo.
El paso
Mi mamá camina lento. No lo digo como queja; lo digo como dato. Camina lento y con la mirada en el piso, porque no confía en las banquetas de esta ciudad, y tiene razón. A su lado, la Romería se volvió otra cosa. Me fijé en cosas que a mi paso normal no habría visto: un niño dormido sobre los hombros de su papá con una sonaja todavía en la mano, un perro con un paliacate, una viejita que rezaba en voz alta y se interrumpía para regañar a su nieto y volvía a rezar en el mismo tono.
A la altura de avenida Ávila Camacho mi mamá me agarró del brazo. No se apoyó, nomás me agarró. Caminamos así un buen rato sin decir nada. Pensé que la última vez que alguien me había agarrado así del brazo en una multitud fue Ximena, de chiquita, en un concierto de algo que ya no me acuerdo. Las personas que te agarran del brazo van cambiando y uno no se da cuenta del momento en que cambian.
Ahí me contó, sin que yo preguntara, que mi papá siempre compraba tamales en el mismo puesto, por la glorieta, y que uno de los años en que no había dinero le dijo a ella que ese año no iban a ir, y al final fueron igual y no compraron nada, ni tamales ni atole, y que nosotros ni cuenta nos dimos. Yo sí sabía de qué año hablaba. Lo leí hace unas semanas en el cuaderno de mi papá: un octubre sin la línea de "Romería" que aparece todos los demás años. No le dije que lo sabía. Le dije "¿ah, sí?", y la dejé contármelo completo.
Donde nos quedamos
No llegamos a la Basílica. Como a dos kilómetros, mi mamá dijo que hasta ahí, y lo dijo tranquila, sin drama. Lupe abrió el banquito que según ella no iba a usar. Nos sentamos en la banqueta junto a un puesto de pajaritos de barro y vimos pasar la procesión: los danzantes, las bandas, la gente que va de rodillas y la que va con tenis de correr y reloj inteligente. Cuando pasó la Virgen en su carroza, mi mamá se paró del banquito, se persignó y volvió a sentarse. Todo eso duró como diez segundos. Lupe me vio y yo vi para otro lado.
Compré tamales en el primer puesto que encontré. No era el de mi papá; ese ya no sé dónde estaba. Mi mamá dijo que estaban buenos pero que les faltaba sal, que es lo que dice siempre de todo y que, según Lupe, es su manera de decir que algo le gustó.
Las niñas están esta semana con su mamá. Renata me mandó un mensaje a las nueve preguntando si de verdad me había levantado a las cuatro, con tres signos de interrogación. Ximena me mandó un audio pidiendo que le comprara una matraca. No le compré matraca. Le compré un pajarito de barro, que es casi lo mismo pero no hace ruido, y que es la clase de decisión que una hija de trece años no te perdona.
En la noche, ya en mi casa, saqué el cuaderno de pasta dura del cajón de la cocina, el de la burbuja en el forro. Lo abrí en la primera página y escribí, con la letra más derecha que pude: "12 oct. Tamales Romería, 4. Pajarito Ximena." Y me quedé viendo un rato ese renglón, que no dice nada de mi mamá agarrada de mi brazo, ni de los diez segundos, y que dice todo.


