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Los huesitos no me salen

Ximena le prometió a su escuela que su papá iba a llevar pan de muerto para el altar. Su papá nunca ha hecho pan de muerto. Primer ensayo, jueves en la noche.

Foto: anathea · CC BY 2.0

El miércoles en la tarde, entre dos declaraciones, me llegó un audio de Ximena. Empezaba así: "Pa, no te enojes". Ningún audio que empieza así termina bien. Resulta que en su secundaria van a poner un altar de muertos el 30 de octubre, cada grupo con su ofrenda, y cuando la maestra preguntó quién podía llevar pan, Ximena levantó la mano y dijo, en voz alta y frente a treinta y dos compañeros, que su papá era panadero.

No soy panadero. Soy contador que hornea bolillos los sábados, que es otra cosa, y lo sabe cualquiera que haya probado mis conchas. Pero le contesté que sí, que claro, que cuántos. Me dijo que "como unos diez" y luego, en otro audio, que mejor doce, por si los de otro grupo. Así se negocian las cosas en mi familia: al alza y por WhatsApp.

La receta que no existe

Lo primero que hice fue hablarle a mi mamá, que ahora vive con Lupe, para pedirle la receta del pan de muerto de la casa. Se quedó callada un momento y luego se rió. Me dijo que en la casa nunca se hizo pan de muerto, que mi papá lo compraba cada año en una panadería de San Juan de Dios, siempre la misma, y que lo traía envuelto en papel de estraza con el azúcar pegada por dentro. "¿Pues qué te acordabas tú?", me preguntó. Me acordaba del olor. Había metido ese olor en la cocina de mi mamá durante treinta años y resulta que venía de otro lado.

Así que la receta es de internet, cruzada con dos libros y con lo que le pude sacar a Malena en el despacho, que tiene una tía en Tlaquepaque que lo hace desde siempre. El consejo de la tía, transmitido por Malena con toda seriedad, fue: "Que no le tenga miedo a la mantequilla". Lo apunté en un pósit y lo pegué en el refrigerador, junto a la lista del súper.

El jueves salí del despacho a las siete, que en semana del 17 es casi irse temprano, y pasé al mercado por agua de azahar y naranjas. La señora del puesto me preguntó si era para pan de muerto y le dije que sí, y me preguntó si era la primera vez, y le dije que sí, y me regaló una naranja. No sé qué cara traía.

El ensayo

Doña Chayo se quedó fuera de esto. Lo pensé mucho, pero un pan de muerto con masa madre tarda casi un día, y yo tenía una noche. Usé levadura de sobre, que en mi cocina es como traicionar a alguien de la familia. Le di de comer a Doña Chayo antes de empezar, por si acaso, para que no se sintiera.

La masa salió bien. Brillante, suave, con ese olor a naranja y azahar que llena la casa entera y que, ahora sí, venía de mi cocina. La puse a levar en el horno apagado con el foquito prendido, el truco que uso desde las primeras conchas, y mientras esperaba lavé todo, que es lo único de la panadería en lo que de verdad soy bueno.

El problema fueron los huesitos. Las tiras que van encima, en cruz, con la bolita en medio que es el cráneo. Se hacen rodando la masa con los dedos abiertos para que salgan los nudillos, y en los videos se ve facilísimo: una señora con las uñas pintadas rueda la masa dos segundos y aparecen cuatro huesos perfectos. Yo rodaba y me salían gusanos. Rodaba más fuerte y me salían gusanos más flacos. A la quinta ya tenía algo que, si uno era generoso, parecía un hueso de pollo.

Los puse en cruz, horneé, y en el horno los huesitos se inflaron y se resbalaron por los lados. Salieron seis panes que parecían estrellas de mar. Doradas, eso sí, y con buen olor, pero estrellas de mar.

Las reseñas

Me comí uno a las once de la noche, parado en la cocina, con un vaso de leche. Estaba bueno. No como el de San Juan de Dios, pero bueno. Le mandé foto a Ximena y me contestó con tres calaveritas y un "jajaja ¿qué es eso?". Renata, desde el mismo teléfono de su mamá, porque el suyo estaba castigado, escribió: "se ven bien pa, no le hagas caso".

El viernes en la mañana llevé dos al despacho. Malena partió uno, lo probó, y dijo que le iba a mandar foto a su tía. No dijo si para presumirlo o para pedir auxilio. El licenciado Ochoa se comió medio sin comentar nada, que en él es un elogio.

El último se lo guardé a don Cuco, que vino a mediodía con las dos notas de la ferretera que le faltaban el martes, cada una dentro de su papelito. Lo vio, lo olió, y me dijo que su señora, que en paz descanse, les ponía anís. Luego me dijo que los huesitos se hacen con tres dedos, no con cuatro, y me lo enseñó en el aire, encima del escritorio, rodando una masa que no estaba ahí.

Ahorita es viernes en la noche. Ya capturé lo de la ferretera. Mañana es sábado y tengo dos ensayos más antes del 30, contando este. En el refrigerador hay un pósit nuevo, debajo del de la mantequilla, con mi letra: "Anís. Tres dedos." Y en el cajón de la cocina, junto al cuaderno de pasta dura, la foto de mi papá que voy a poner en el altar de la casa, por primera vez, con un pan que no compré.

Escrito por

Carlos Méndez

  • 44 años
  • Contador y panadero de sábado
  • Guadalajara, Jalisco

Contador entre semana, panadero los sábados, papá todo el tiempo (o casi). Más sobre mí →