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Sillas de secundaria
Anoche fui a la junta de padres de Ximena. Me senté en una silla hecha para alguien de trece años, la maestra me llamó "el panadero" y su mamá llegó tarde.

El aviso llegó el viernes al grupo de WhatsApp "Papás 2°B", que tiene cuarenta y un integrantes, tres administradoras y una regla fijada arriba que dice "SOLO TEMAS ESCOLARES" en mayúsculas, regla que se rompe todos los días antes de las ocho de la mañana con cadenas de oración y fotos de perros perdidos. Junta de entrega de calificaciones, lunes 19, siete de la noche, salón 14. Asistencia obligatoria "de al menos un tutor".
Al menos un tutor. Leí esa frase varias veces. Durante los primeros dos años después del divorcio, la mamá de las niñas y yo íbamos a las juntas por turnos, como si la escuela también tuviera semanas sí y semanas no. Era más fácil. Nadie tenía que sentarse junto a nadie. Este año, sin que lo platicáramos, los dos empezamos a ir a todas. No sé quién empezó. Creo que ninguno quería ser el que no fue.
El salón 14
Esta semana las niñas están conmigo, así que salí del despacho a las seis y media y llegué con Ximena en el asiento de al lado diciéndome qué no tenía que preguntar. No tenía que preguntar por la tarea de geografía. No tenía que preguntar por un tal Emiliano. Y, sobre todo, no tenía que decirle a nadie que el pan de muerto todavía parecía estrella de mar. Se quedó en el coche con Renata, que se ofreció a esperarla "por si acaso", cosa que nunca había hecho y que entendí como una inversión: ya me dijo que a la próxima junta nos trae ella manejando.
El salón 14 huele a lo mismo que olían los salones en 1995: a cera para piso, a plumón y a algo de naranja que alguien se comió en el recreo. Hay un periódico mural con las capitales de Europa y un letrero que dice "El respeto al derecho ajeno es la paz", con la letra de alguien que recortó cada letra por separado. Las sillas son de paleta, de esas con la mesita pegada del lado derecho, y están hechas para gente de trece años. Me senté como pude. La rodilla me quedó a la altura de la mesita y la mesita a la altura del pecho. A mi lado, un papá con camisa de vestir y gafete de una empresa de logística se sentó igual de mal, me vio y nada más dijo "uf". Fue la conversación más honesta de la noche.
Ximena se sienta en la tercera fila, junto a la ventana. Lo sé porque su silla tiene su nombre escrito con corrector en la paleta, con una X enorme y una ena que se va haciendo chiquita, como si se hubiera arrepentido a medio camino. Me cambié a esa silla. Nadie me lo pidió.
El panadero
La maestra Araceli, la tutora, es joven y habla rápido, como alguien que ya dio esta misma junta tres veces esa tarde. Pasó lista por apellido del alumno. Cuando dijo "Méndez", levanté la mano, y ella levantó la vista del papel y sonrió de una manera que me preocupó. "Ah, usted es el panadero."
Treinta y tantos papás voltearon a verme. Una señora de enfrente me preguntó si tenía local. Le dije que no, que era contador. Se le notó la decepción, y luego, cuando entendió lo de contador, se le notó otra cosa, porque al terminar la junta se me acercó a preguntarme si era cierto que ya no se podía deducir la gasolina pagada en efectivo. No se puede. Se lo dije con la misma cara con que digo todo lo del SAT, que es la cara de alguien que da el pésame.
La maestra explicó lo del altar del 30: cada familia coopera con cincuenta pesos para flores de cempasúchil y papel picado, y "el papá de Ximena se comprometió con el pan". Así, se comprometió, como si yo hubiera firmado algo. Pensé en las estrellas de mar del jueves y en los dos ensayos que me quedan, y dije que sí, que con gusto, con la voz de los que firman sin leer.
Las calificaciones
La mamá de las niñas llegó a las siete y veinte, con el cabello mojado y cara de tráfico en Lázaro Cárdenas. Me vio en la tercera fila, en la silla de la X grande, y se sentó en la de atrás, que es la de Emiliano, porque tenía su nombre escrito con plumón. No dijimos nada. Le pasé por encima del hombro la hoja de calificaciones, que ya había leído dos veces, y ella la leyó con la misma atención con que lee todo, moviendo los labios en los números.
Nueve en matemáticas. Diez en artes. Siete en geografía, que explica la instrucción del coche. Y abajo, en observaciones, con letra de la maestra: "Participa mucho. A veces demasiado. Es solidaria con sus compañeros." Atrás de mí la oí reírse por la nariz, una risa que conozco desde hace veinte años y que no había oído en mucho tiempo. Yo también me reí. Por un momento fuimos dos personas sentadas en sillas demasiado chicas leyendo la misma frase de la misma niña, y no hacía falta nada más.
Salimos juntos al estacionamiento. Me dijo que Ximena habla del pan todo el tiempo, que en su casa ya les explicó a todos cómo se hacen los huesitos, con tres dedos, aunque ella nunca ha hecho uno. Le dije que yo tampoco. Se despidió de las niñas por la ventana del coche, le dijo a Renata que manejara con cuidado aunque ni siquiera iba manejando, y se fue a su coche, dos filas más allá.
En el camino, Ximena me preguntó qué habían dicho. Le dije la verdad: que participa demasiado. Me contestó "¿y eso es malo?" y le dije que no sabía. Renata, desde atrás, dijo que sí. Ximena subió el volumen de su música coreana.
Hoy en la mañana, cuando bajé a hacer café, había un pósit nuevo en el refrigerador, debajo del de "Anís. Tres dedos." y del de la mantequilla. Era la letra de Ximena, con la misma X enorme del corrector: "Ya les dije que sí puedes. Son 12."


