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Comala en la mesa de la cocina
Renata tiene que entregar un ensayo sobre Pedro Páramo. Anoche lo leímos juntos en la cocina y descubrí que yo, a su edad, nunca lo terminé.

Renata tiene que entregar el viernes un ensayo de dos cuartillas sobre Pedro Páramo. Lo sé desde hace un mes, porque lo apunté en el "Leyendo" de este blog con cierto orgullo, como quien anuncia que va a correr un maratón. Lo que no sabía es que ella lo iba a empezar el martes en la noche, a las nueve y media, con la cara de alguien a quien acaban de avisar que el maratón es mañana.
"Pa, ¿tú lo leíste?", me preguntó desde la mesa de la cocina. Le dije que sí, claro, en la prepa, y que era de los libros más importantes de México. Me pidió que le explicara de qué se trataba. Abrí la boca y me di cuenta de que no tenía la menor idea.
Mi ejemplar
Tengo mi copia desde 1999. Es la edición de bolsillo del Fondo de Cultura, la de la portada gris, con el lomo despegado y mi nombre escrito en la primera hoja con pluma azul y una firma que ensayé mucho ese año y que nunca volví a usar. La saqué del librero de la sala, donde vive entre un manual de contabilidad de costos y una guía de Mazamitla que alguien dejó en la casa y nadie reclamó.
La abrí en la mesa, junto a la de Renata, que es nueva, de la misma editorial, con la portada idéntica, y que ella ya tenía llena de banderitas de colores. Las dos juntas parecían el antes y el después de un anuncio.
Las primeras páginas de la mía están subrayadas con un rigor que no me conozco. "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo", con doble raya. Notas al margen con mi letra de dieciséis años: "narrador = hijo", "¿quién habla aquí?", "muertos???". Así hasta la página cuarenta y tantos. Y luego nada. Ni una raya, ni un doblez. Las hojas del resto del libro están limpias, como si nadie hubiera pasado por ahí.
Ahí me acordé de todo. Del Chino Ramírez, que se sentaba atrás de mí, y de un resumen de una cuartilla escrito a máquina que circuló por todo el salón y que yo copié con mi letra, cambiando algunas palabras para que no se notara. Saqué ocho. El Chino sacó nueve, con el mismo resumen. Nunca me pareció justo.
Los murmullos
Se lo confesé a Renata. No completo, pero lo suficiente. Se rió con una alegría que no le veía desde que le dije que podía manejar en calle de verdad, y luego, en vez de pedirme que me fuera, me dijo: "Entonces léelo conmigo, a ver si ahora sí".
Así que leímos. Ella en voz alta, yo siguiendo en mi ejemplar viejo, con un lápiz. Hice café, aunque ya era tarde, porque así se leen los libros importantes en mi cabeza. Ximena bajó dos veces: una por agua y otra para decirnos que no se oía su serie, aunque tenía audífonos. La segunda vez se quedó un rato en la puerta de la cocina, escuchando, y luego se fue sin decir nada, que en ella es un elogio enorme.
El libro es difícil, eso no lo voy a negar. Cambia de voz sin avisar, la gente que habla está muerta y no te lo dicen hasta mucho después, y hay un momento en que te das cuenta de que el que está contando todo también está muerto, y de que lleva rato estándolo. Renata se detuvo ahí, con el dedo en el renglón, y me dijo: "Espérate. ¿Él también?". Yo no lo sabía. Lo leí por primera vez en ese momento, a los cuarenta y cuatro, en la mesa de mi cocina, al mismo tiempo que mi hija. Los dos dijimos "no manches" casi juntos.
Pasamos la página cuarenta y tantos a eso de las diez y media. Lo noté porque el lápiz, de pronto, empezó a escribir en hojas limpias. Me dio una cosa rara en el estómago, como cuando uno entra por primera vez a un cuarto de su propia casa.
Lo que buscaba el hijo
A las once y cuarto Renata dijo que ya tenía su tema. Va a escribir de los hijos que buscan a sus padres y de que a veces lo que encuentran es un pueblo entero en vez de una persona. Lo dijo así, sin mucho adorno, mientras guardaba sus banderitas. Le pregunté de dónde lo había sacado y me contestó que del libro, pa, obvio, con esa paciencia que usan conmigo cuando pregunto algo de su teléfono.
No le dije que yo llevo un mes leyendo los cuadernos de mi papá como quien llega a un pueblo a preguntar por alguien, ni que en esos cuadernos también hay voces que no sabes de quién son hasta mucho después. No hacía falta. Además, era su ensayo, no el mío. El mío lo copié en 1999.
Se fue a dormir. Yo me quedé. Lavé las dos tazas, le di de comer a Doña Chayo, cerré la ventana porque ya empezó a enfriar en serio en las noches y me volví a sentar con mi ejemplar. Lo terminé a la una y diez. No voy a contar cómo acaba, por si el Chino Ramírez lee esto.
Hoy en la mañana Renata se llevó su libro a la escuela y dejó el mío en la mesa, abierto en la última página, con una de sus banderitas amarillas pegada en el margen, justo donde mis rayas de lápiz, después de veintisiete años, por fin llegaron.


